Unos conocieron el bar en directo, in situ. Otros a través de la lectura del libro "Noches de BV80" de Valtueña. A muchos les suena por el tema "Negativo" de Bunbury (las noches del BV80 escapando a tocar...). También hay algunos que piensan que todavía existe. Sea como fuere, el bar BV80 vive. Es nuestro deseo que así sea. Por eso convocamos este concurso. ¡Échale imaginación y participa!

martes, 30 de abril de 2013

14. Una aureola blanca


Una noche en el BV80 con Chavela Vargas
Autor: Esteban Conde Choya
Subtítulo: Una aureola blanca

Cansado de caminar durante todo el día, entré una noche en el BV80 a tomar un trago y descansar un rato, antes de recogerme en mi hotel de circunstancias. Como estaban todas las mesas ocupadas, me dirigí a la barra para pedir una caña de cerveza. Mientras la tomaba a pequeños sorbos para prolongar mi descanso, me llamó la atención la mujer que ocupaba el taburete de al lado porque una aureola de luz blanca le envolvía la cabeza y parte del busto.

Al instante pensé que esas cosas sólo las produce la fatiga y, sacudiendo la cabeza como despejando una imagen extraña, apuré la caña y pedí otra. Y a la vez que la espuma inauguraba mi bigote nuevamente, la mujer se dio la vuelta ofreciéndome un rostro arrugado hermosamente y alumbrado por dos ojos sabios, aunque cansados, muy cansados. Lo reconocí al momento y no pude menos de exclamar:
“¡Pero si es Chavela Vargas!”

Ella, al ver la inocencia con que había expresado mi admiración, sonrió tiernamente mientras asentía con la cabeza. No me lo podía creer: Chavela Vargas estaba junto a mí y me miraba y me sonreía. A este detalle se añadía la entrañable coincidencia de que mi difunta madre siempre había adorado en vida a la cantante costarricense nacionalizada mexicana y gustaba escuchar una y otra vez cualquier canción suya, especialmente Paloma negra, aquella canción que Chavela cantaba con su irrepetible, ronca y descarada voz de hombre con una copa de más. Consecuencia: no pude evitar que las lágrimas empañaran mis ojos.

“¿Qué le pasa, querido?”, me preguntó con una voz apagada, sin vigor, que no parecía la suya, mientras la aureola se iba haciendo más amplia en torno a su figura. “¿Le ha dejado una mala mujer?”.

Le contesté que no con la cabeza. “¿Qué es, pues?”, insistió con el tono cada vez más menguado.

Entonces me atreví a abrir los labios. “Es por mi madre”, dije. “No sabe cuánto le gustaba a la pobre escuchar sus canciones. Por Paloma negra, su Paloma negra, sentía verdadera devoción. Si me la quisiera cantar ahora, el triste recuerdo de mi madre no lo sería tanto, y esta noche se convertiría en única.

“No puedo, querido”, logró decir con una voz muy débil. “Tengo los pulmones deshechos y el corazón en sus últimos latidos”. La aureola de luz blanca la abarcaba casi toda.

“Al menos el primer verso“, le pedí con las manos unidas.

Chavela me hizo un gesto de aceptación y, mirándome como a un hijo, entonó en un murmullo: “Ya me canso de llorar y no amanece…”.

Ya no escuché más. La aureola de luz blanca que la había acompañado hasta ese momento se convirtió en un fogonazo repentino que, al deshacerse, se llevó también la aparición de Chavela Vargas.

Una hora más tarde, a solas en la habitación de mi hotel, con tres o cuatro cervezas en el cuerpo, aún no podía creerme la impresionante experiencia vivida junto a Chavela Vargas en el BV80.


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